Un dia triste...
Hoy es un día triste. Uno de esos días de cielo gris, de apenas varios rayos de sol que cruzan la calle. Uno de esos días en los que la gente tiene la sonrisa ida, camina arrastrando los pies y mira al suelo al mismo tiempo.
Siento que a mi lado solo pasan desgracias, ni una jodida alegría, ni una sorpresa... nada. Solo desgracias. Desgracias que asolan mi ya atormentada vida, mi ya parado corazón, mi ya fugada alma...
Intento conservar esa pequeña pizca de esperanza que todos y cada uno guardamos en lo más profundo de nosotros mismos, pero no creo que sea capaz. No me veo con fuerzas.
Busco en mi bolsillo. Algo suena... es un sonido metálico y brillante. Las llaves de casa. Las mismas que me llevan molestando toda la mañana en la oficina. Las saco y voy jugando con ellas mientras doy un paseo hasta mi casa.
Una vez abierta la puertecita de la entrada a la terraza, miro atrás. No sé por qué, pero tengo esa sensación tan extraña de que todos me miran, me siguen... es una mierda sentirse así, pero es como me siento.
Entro en mi habitación. Está tal como la dejé: desordenada, sucia y con ese olor a tabaco en lugar cerrado.
Enciendo un pitillo. La llama del cigarrillo brilla con mucha fuerza en la oscuridad... Una pequeña parte del humo que desprende roza mi ojo. Éste se cierra con fuerza y deja caer una lágrima para aliviar el dolor. Creo que es la primera lágrima que derramo desde hace muchos años... muchos...
Me siento a los pies de mi cama. Observo mi habitación, los posters de la pared, amarillos por los años y el humo del tabaco, la ropa desordenada en la silla del escritorio... mi habitación.
No sé por que, pero comienzo a sudar. No es lógico, estamos en noviembre casi y ya hace frio por las noches. Me desnudo y quedo en calzoncillos. Tiemblo. Me siento más y más nervioso por momentos. No puedo soportar este estado ni un minuto más. Grito. Me levanto muy rápidamente y sacudo un puñetazo a la pared con tanta fuerza que creo que me he roto la mano. Brota la sangre de mis nudillos...
Parece que se está pasando este ataque. Se va pasando poco a poco... muy lentamente... Inexplicablemente, rompo a llorar como un niño de 10 años al que su padre le ha pegado su primer cachete en el culo.
La puerta del armario está entreabierta. Miro a su interior y allí la veo, tan brillante como siempre... Me levanto de la cama, algo más tranquilo, aparentemente, y saco la caja del armario. La abro. Quito el pequeño paño de seda negra que separa mi actual vida de mi felicidad y la veo, brillante, con ese olor tan característico a aceite de máquina...
Tras quedarme varios minutos contemplándola, la empuño y la miro como queda con mis dedos rodeándola. Me gusta. Una extraña sensación de poder recorre todo mi cuerpo al mismo tiempo que lo hace estremecer.
Me miro en un espejo mientras jugueteo con ella. No me gusto. Me doy asco.
Me arrodillo lentamente. Sigo mirando el espejo sin perderme un detalle de como actúa mi cuerpo. Amartillo a Athenea (así se llama ella) y la coloco sobre mi nuez, muy lentamente, como a cámara lenta...
La mano que sostiene a Athenea comienza a temblar descontroladamente. Una vez más, mis ojos comienzan a llorar como dos ríos. En menos de un segundo recuerdo lo mejor y lo peor de mi vida, mis éxitos y mis fracasos... toda mi vida, pero resumida a velocidad de vértigo.
Mi dedo índice se empieza a tensar. Cada vez más lágrimas, más sudor, más temblor... más miedo. Me arrepiento de todo lo malo que he hecho en mi vida desde que nací, aunque creo que eso fue lo peor... pero me arrepiento de todo. Lo siento, lo siento mucho, creedme...
Se escucha el principio de un ruido atronador, pero solo el principio. Todo se vuelve oscuro y frío. Quedan pequeños restos de luz, pero que se apagan muy rápidamente... Creo que ya está... ya está... ya... ...
... ahora comienza mi felicidad.
Padre Anchoa
Comentarios
Publicar un comentario